Tres pueblos costeros donde el tiempo se detuvo
Existe una categoría especial de lugar que los geógrafos no han sabido nombrar bien. No es el "destino turístico" —esa etiqueta que condena a los sitios a ser decorados para consumo de masas— ni el "pueblo de interior" con su retórica de autenticidad a prueba de visitantes. Es algo intermedio y más interesante: el pueblo costero que ha sobrevivido al turismo sin perder su alma, que recibe veraneantes en agosto y los despide en septiembre con la tranquila certeza de que el mar y las calles y los vecinos siguen siendo suyos el resto del año.
Llevo quince años buscando esos lugares. He recorrido la costa española de Hondarribia a Tarifa, de Palamós a Garrucha, tomando notas en mi libreta y bebiendo cortados en bares donde el señor de la barra me mira como si supiera exactamente por qué estoy ahí. Este año he querido concentrar tres de los que más me han marcado: Cadaqués, en el Cap de Creus; Peñíscola, en Castellón; Llanes, en Asturias. Son tres lugares que no comparten clima ni cocina ni paisaje. Pero comparten algo más difícil de definir: la sensación de que la vida ahí todavía vale la pena de verdad.
Cadaqués: el fin del mundo tiene nombre
Cadaqués es uno de los pocos lugares en España donde la geografía funciona como guardián. Para llegar, hay que cruzar la serra de Rodes por una carretera de montaña con veinte kilómetros de curvas cerradas, desniveles que hacen crujir los cambios y vistas que obligan a detenerse aunque vayas con prisa. Esa carretera es el filtro. Quien llega a Cadaqués ha querido llegar. No hay forma de pasarlo de paso.
El pueblo blanco se despliega alrededor de una bahía pequeña con la tranquilidad de quien lleva siglos ahí. Las casas encaladas suben por la ladera hasta que ya no hay más ladera, y abajo, en el paseo, los barcos de pesca y las barcas de recreo conviven con una democracia mediterránea que resulta refrescante. No hay coches dentro del núcleo antiguo: las calles son demasiado estrechas y las escaleras demasiado pronunciadas. Se camina. Siempre se camina.
Dalí vivió en Portlligat, la cala inmediatamente al norte de Cadaqués, durante décadas. Y se nota: hay algo en la luz del Cap de Creus —esa luz de tramontana, dura y transparente como el cuarzo— que parece diseñada para ver las cosas de otra manera. He estado en Cadaqués cuatro veces y en cada una la luz me ha parecido distinta. No sé si es la hora, o la estación, o si me estoy volviendo sensible. Probablemente las tres cosas.
Vivir en Cadaqués tiene un precio: el literal y el simbólico. El metro cuadrado es de los más caros de la Costa Brava, y los servicios de invierno son limitados cuando el turismo baja y algunos negocios cierran hasta Semana Santa. La población permanente ronda los tres mil habitantes, lo que significa que en invierno el pueblo tiene esa quietud particular de los sitios que saben lo que son sin necesidad de demostrarlo.
La primera vez que fui, en noviembre de 2019, me alojé en una pensión que regentaba una señora catalana de setenta y pico años que hablaba poco y ponía aceite de oliva del Empordà en el desayuno. Por la mañana bajé al puerto y me senté en un banco frente al mar. No había nadie. El sonido era solo el agua contra el malecón y las gaviotas discutiendo sobre algo que no era asunto mío. Pensé: si tuviera que escribir una novela, la escribiría aquí.
Peñíscola: el castillo que da al mar y la ciudad que vive debajo
La primera imagen de Peñíscola, llegando por la AP-7 desde Valencia, es tan improbable que parece un montaje fotográfico: una roca que sale del Mediterráneo, coronada por un castillo templario de muros perfectamente conservados, rodeada de agua por tres costados y conectada a tierra firme por una lengua de arena apenas más ancha que una calle. El papa Luna —Benedicto XIII, el papa que no quiso ser destituido y se encerró ahí a gobernar su iglesia imaginaria— eligió bien su refugio. Veinticinco metros sobre el nivel del mar, con el mar en todas direcciones. Inexpugnable. Absurdo. Magnífico.
Pero Peñíscola no es solo el castillo, aunque en verano lo parezca. Peñíscola tiene unos veintidós mil habitantes y una vida de pueblo real que funciona los doce meses del año. El casco antiguo, dentro de las murallas medievales, alberga restaurantes y tiendas de souvenirs que en agosto son un caos y en febrero son lugares tranquilos donde sentarse a comer pescado recién traído del puerto. El Grau —el barrio pesquero, a los pies de la roca— tiene ese olor a salitre y gasoil y pescado que tienen los puertos que todavía son puertos de verdad.
Llegué a Peñíscola en tren desde Valencia —el Cercanías llega hasta Benicarló y desde ahí hay autobús— un miércoles de noviembre. El día era gris y ventoso, el Mediterráneo tenía esa textura revuelta y oscura que tiene en invierno, y las calles del casco antiguo estaban prácticamente vacías. Subí al castillo, que en temporada baja se puede visitar con calma, y desde la terraza superior vi el mar en todas direcciones bajo ese cielo plomizo. Había un pescador abajo, en las rocas, que no miraba hacia arriba. Toda la escena tenía algo de pintura flamenca, esa combinación de grandeza y vida cotidiana que a los holandeses les fascinaba y a mí también.
El precio de la vivienda en Peñíscola es razonable sin ser irrisorio. El metro cuadrado ronda los 1.400-1.800 euros dependiendo del tipo de propiedad y la cercanía al casco, con los pisos dle paseo marítimo tirando al alza por la presión turística. La ventaja sobre lugares como Benicàssim o Vinaròs es la mezcla: aquí hay turismo sin que el turismo haya borrado el pueblo. El mercado semanal sigue siendo de los vecinos. La lonja del pescado sigue funcionando. Los bares tienen su clientela de siempre además de la temporal.
La gastronomía de Peñíscola es la gastronomía del norte de Castellón, que mezcla influencias valencianas y catalanas con la tradición pesquera. El all i pebre de langosta, la espencat, los fideos a la marinera: comida de trabajo, de gente que tiene el mar enfrente y lo aprovecha sin ceremonias. En un restaurante del puerto un cocinero me explicó, mientras pelaba gambas con una velocidad que sugería décadas de práctica, que la temporada buena no es agosto. "Agosto es cantidad. Octubre es calidad", me dijo. "En octubre viene la gente que sabe comer."
Llanes: el mar Cantábrico como forma de vida
Llanes es el pueblo con el que extiendo siempre los plazos. Lo digo en serio: fui a Llanes hace tres años a pasar cuatro días para escribir un reportaje sobre el turismo verde en Asturias y me quedé once. Cada vez que llamaba a la redacción para pedir más tiempo, miraba por la ventana de la pensión —que daba a los bufones de Pría, esas fisuras en los acantilados por las que el mar sale disparado hacia arriba como un géiser— y encontraba una razón nueva para no irme.
Hay algo en el mar Cantábrico que el Mediterráneo no tiene, o al menos no de la misma manera: una fuerza. El Mediterráneo es hermoso, es claro, es amable. El Cantábrico es salvaje y oscuro y te recuerda que el mar no existe para tu disfrute sino para el suyo propio. Los acantilados de los Bufones de Pría, los Picos de Europa asomando al fondo desde la costa, la hierba verde imposible que baja hasta el borde del mar: Llanes es uno de esos paisajes que resultan excesivos, demasiado hermosos para ser reales, del tipo que hacen que la gente de ciudad se pare en mitad de un camino y no sepa muy bien qué cara poner.
El pueblo en sí tiene unos trece mil habitantes y una identidad asturiana muy marcada. La sidra, la fabada, el queso Gamonéu, el cecín de cabra. Los indianos —esas casas de principios del siglo XX construidas por asturianos que emigraron a América y volvieron ricos— dan al casco histórico un carácter arquitectónico peculiar, con fachadas de colores pastel y palmeras que parecen fuera de lugar y sin embargo encajan.
Recuerdo una tarde que me tomé libre del reportaje y bajé a comer al puerto. Pedí una fabada —la primera en semanas— y me la puse delante junto a una sidra escanciada por un camarero que lo hacía sin mirar, con esa naturalidad porqeu te indica que lleva haciéndolo toda la vida. Por la ventana, el Cantábrico entraba gris y pesado hacia el puerto, y los barcos se movían con esa languidez que tienen los barcos anclados cuando hay marejada. Pensé: los plazos son una construcción social y esta fabada es real. Pedí otra sidra y aplazé la llamada a la redacción.
Lo que más me gusta de Llanes como lugar para vivir —no solo para visitar— es que tiene todos los servicios de una villa pequeña pero funcional: hospital comarcal, institutos, comercio variado, buena conexión por carretera con Oviedo y Gijón. El precio de la vivienda es significativamente más bajo que en la costa mediterránea: se pueden encontrar casas con jardín a precios que en Alicante o Málaga serían impensables. El clima, claro, no es para todo el mundo: llueve, hay días de niebla espesa, el verano es fresquito incluso en agosto. Pero para quien lo lleva bien —y hay gente que da cualquier cosa por ese cielo gris y ese verde constante— Llanes es una opción seria.
El Cantábrico no te regala nada. Pero lo que te da lo da de verdad.
Lo que estos tres pueblos comparten
No es el clima —Cadaqués tiene verano seco y levante furioso, Peñíscola tiene ese Mediterráneo azul de postal, Llanes tiene el Cantábrico verde y bravo. No es el tamaño —Cadaqués tiene tres mil habitantes, Peñíscola veintidós mil, Llanes trece mil. No es la gastronomía, que es radicalmente distinta en cada uno.
Lo que comparten es más difícil de medir: una relación con el mar que no es decorativa. En los tres sitios, el mar no es el telón de fondo de un hotel boutique ni el paisaje de una terraza de copas. Es un vecino. Dicta el humor de las calles, la temperatura del aire, lo que se come y cuándo se come, cuándo se trabaja y cuándo no hay nada que hacer porque el viento viene de donde no debe. Vivir junto al mar de verdad —no de vacaciones, sino de verdad— cambia la manera en que uno organiza el tiempo. Y eso, en un mundo que ha convertido la urgencia en virtud, tiene un valor que no aparece en ninguna calculadora de coste de vida.
Estos tres pueblos no van a permanecer congelados para siempre. El teletrabajo está llevando gente nueva a la costa. Los precios en Cadaqués ya reflejan décadas de presión turística. Llanes empieza a aparecer en artículos sobre "el nuevo destino de los nómadas digitales". Peñíscola recibe cada verano una masa de turistas que multiplica varias veces su población. El tiempo se ha detenido aquí solo hasta cierto punto, y el reloj vuelve a andar con cada temporada que pasa.
Pero por ahora siguen siendo lo que son. Y merece la pena ir a verlos —y a imaginar, al menos por un momento, cómo sería quedarse— antes de que cambien demasiado.
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