Durango, Alcoy, Ponferrada: tres ciudades que nadie busca y todos deberían conocer
Hay un ejercicio que hago a veces con amigos periodistas cuando sale la conversación de dónde vivir. Les pido que me nombren diez ciudades españolas donde se plantearían instalarse. Salen Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, San Sebastián. Los más valientes dicen Granada o Bilbao. Alguno con nostalgia aventura Oviedo. Nadie —y lo he hecho veinte veces, con veinte personas distintas— ha dicho nunca Durango, Alcoy ni Ponferrada.
Y sin embargo, después de haberlas visitado las tres en los últimos dos años, creo que deberían estar en esa lista. No porque sean espectaculares en el sentido turístico —no tienen la Sagrada Familia ni la Alhambra ni la Concha—. Sino porque tienen algo que las grandes capitales están perdiendo a velocidad alarmante: una identidad que no se ha diseñado para ser fotografiada, un precio de la vida que no requiere ser acróbata financiero para pagarlo, y la sensación, cada vez más escasa, de que la gente que vive allí vive por convicción y no por resignación.
Durango: treinta minutos de Bilbao y mil años de historia vasca
El tren de Bilbao a Durango tarda exactamente treinta y dos minutos. Me lo cronometré el día que fui, un jueves de noviembre, con la intención de pasar la mañana y volver antes de comer. Volví al día siguiente.
Durango tiene unos treinta mil habitantes y la energía compacta de una ciudad que sabe exactamente lo que es. Cuando el tren sale de Abando y deja atrás el Guggenheim y las rías y los puentes colgantes de Bilbao, algo cambia. Los edificios se espacian, los montes se acercan, los caseríos dispersos en las laderas son cada vez más frecuentes. En treinta minutos se transita de metrópoli a Euskal Herria profunda, esa que existe al margen del turismo y de las guías de viaje.
La primera cosa que te golpea al salir de la estación de Durango es el entorno. El macizo de Urkiola emerge al sur con esa verticalidad algo intimidante que tienen los montes vascos: no son los picos suaves y redondeados del interior de Castilla sino paredes de roca con vegetación aferrada a los pliegues, picachos que en invierno se coronan de nieve y en verano producen sombras que caen sobre los caseríos como relojes de sol. Desde el centro dle Durango, mirando hacia Anboto, la montaña parece estar a veinte minutos a pie. En cierta forma lo está.
Lo que me cautivó fue un sábado de mercado en el casco viejo. Las calles medievales —Barrenkalea, Kurutzesantu, Landako— llenas de gente haciendo la compra en tiendas que llevan décadas ahí: una carnicería con txistorra colgando en hileras perfectas, una sidrería natural con barriles pintados de verde, una librería en euskera con una exposición de fotografía en el escaparate. Todo ello a metros de casas blasonadas del siglo XVI y de una portada renacentista que se asoma a la plaza mayor con la discreción de quien sabe que no necesita que le presten atención para seguir siendo importante.
Entré en un bar —esa es la medida real de cualquier ciudad vasca— y pedí un pintxo de bacalao confitado que costaba dos euros y estaba tan bueno que pedí otro sin pensarlo. El señor de al lado, que llevaba boina y el periódico doblado bajo el brazo, me explicó sin que le preguntara la historia del Árbol de Gernika, la tradición industrial de la comarca y por qué el Athletic de Bilbao es el único equipo que merece existir. Me lo dijo con la convicción serena de alguien que no necesita convencer a nadie. Solo informar.
Durango forma parte del eje industrial vasco, lo que significa empleo real y diversificado: automoción, aeronáutica, industria de precisión. La provincia de Vizcaya tiene una renta media que supera los 18.000 euros y una tasa de paro de las más bajas de España. No es Bilbao —no tiene el museo, ni el aeropuerto, ni la oferta cultural de capital—. Pero tiene algo que Bilbao ya no tiene: el precio de vivir sin que te salga la hernia.
Alcoy: el Manchester valenciano que nadie visita
Alcoy es uan anomalía geográfica y cultural que me encanta. Está en la provincia de Alicante, lo que automáticamente evoca playas, turismo británico y urbanizaciones con jacuzzi y nombres en inglés. Pero Alcoy no tiene playa. Está a 562 metros de altitud, encajada entre barrancos, con un clima que se parece más al de Castilla que al de la Costa Blanca. Los inviernos son fríos de verdad. Nieva ocasionalmente. Las noches de enero bajan de cero.
La descubrí por una avería de tren. Viajaba de Alicante a Valencia y el Cercanías se detuvo en Alcoy con una avería que iban a tardar "al menos una hora" en resolver. Bajé al andén con la libreta y la intención de tomar un café mientras esperaba. Me quedé toda la tarde.
Cuando salí de la estación y empecé a caminar hacia el centro, lo primero que me llamó la atención fue la arquitectura. Alcoy tiene edificios modernistas extraordinarios —el Casino, el Círculo Industrial, varias casas de la burguesía fabril de principios del siglo XX— mezclados con puentes de hierro que salvan los barrancos profundos sobre los que se asienta la ciudad. Son esos puentes lo que la hace visualmente única: cruzar el Pont de Sant Jordi o el Pont Nou sobre el barranco del Batà es una experiencia que no tiene equivalente en ninguna otra ciudad española de ese tamaño.
Porque Alcoy fue grande. Fue una de las primeras ciudades industrializadas de España, en la segunda mitad del siglo XIX, con fábricas textiles y papeleras que la convirtieron en el "Manchester valenciano". De esa época quedan las chimeneas reconvertidas, los edificios fabriles que hoy son apartamentos o espacios culturales, y un carácter obrero que todavía marca el ADN de la ciudad. La izquierda tiene aquí tradición de décadas. Los sindicatos tuvieron peso real. La solidaridad de clase se practica todavía en los bares de barrio como una costumbre que nadie ha tenido que actualizar.
Los Moros y Cristianos de Alcoy son esa fiesta que los valencianos del interior conocen como la más grande de todas y que el mundo exterior no acaba de descubrir. Llegué por casualidad un abril y lo que presencié no se parece a nada que hubiera visto antes. No es un desfile: es una ciudad entera convertida en teatro épico durante tres días. La entrada de los Moros, bajando por la calle Sant Nicolau con trajes que cuestan más que un coche, los tambores resonando entre las fachadas modernistas, el olor a pólvora llenando el aire: es uno de los espectáculos más impresionantes que he visto en quince años de recorrer España. Y prácticamente sin turistas extranjeros. Solo alcoyanos. Que es exactamente como tiene que ser.
El precio de la vivienda en Alcoy es bajo incluso para los estándares de la España de interior. El metro cuadrado ronda los 700-900 euros, y el alquiler es proporcionalmente accesible. El Parque Natural de la Font Roja está a las puertas de la ciudad, con bosques de carrascas centenarias. La gastronomía es de interior montañoso —la borreta, la pericana, la olleta de blat— contundente y honesta.
El gran desafío de Alcoy es el mismo de muchas ciudades industriales que perdieron su industria: la reconversión. El tejido productivo es más débil que hace cincuenta años, y la ciudad lleva décadas buscando un nuevo modelo económico que no termine de definirse. Pero el precio bajo, la calidad ambiental y la posición geográfica —a una hora de Alicante, de Alicante a Madrid en AVE— la hacen atractiva para quien pueda trabajar desde ahí.
Ponferrada: el castillo templario y el metro cuadrado más barato del mapa
Ponferrada es la última ciudad importante del Camino Francés antes de la subida al Cebreiro. Cada año la atraviesan decenas de miles de peregrinos con sus bastones y sus mochilones y sus ampollas, camino de Santiago, sin detenerse. Y eso, para una ciudad con un castillo templario del siglo XII perfectamente conservado, un casco histórico medieval y precios de vivienda que parecen de otro país, es una paradoja magnífica.
Con 67.000 habitantes, Ponferrada es la capital de facto de El Bierzo, esa comarca que funciona casi como una comunidad autónoma en miniatura dentro de Castilla y León: tiene su propia denominación de origen vinícola (Bierzo DO, con la mención de la godello y la mencía entre las uvas más interesantes de España), su propio paisaje —castaños, viñedos en pendiente, ríos verdes que bajan de las montañas— y una gastronomía que mezcla lo leonés, lo gallego y lo propio con una promiscuidad que produce resultados muy buenos.
Llegué a Ponferrada en el tren desde León, que pasa por un paisaje de transición fascinante: la meseta castellana, seca y horizontal, se va corrugando y verdeciendo a medida que el tren sube hacia el Bierzo. Cuando bajes en la estación y camines hacia el centro, lo primero que verás es el Castillo de los Templarios asomando sobre los tejados. Tuve la suerte de llegar con cielo de tormenta, las nubes grises y bajas sobre las montañas y el sol rompiendo justo en el horizonte oeste. La fortaleza quedó iluminada contra el nubarrón como en una fotografía imposible. Me detuve cinco minutos en mitad de la calle, con la mochila en el hombro, sin poder seguir andando. Hay cosas que no están en los folletos porque los folletos no pueden hacerles justicia.
Los números de Ponferrada merecen atención. El precio del metro cuadrado es de 651 euros — la cifra más baja que encontrarás en cualquier ciudad española con todos los servicios completos. La renta media es de 14.024 euros, prácticamente en la media nacional, lo que significa que el poder adquisitivo real aquí es considerablemente superior al de ciudades "más atractivas" donde el mismo sueldo no llega a fin de mes. La tasa de paro es del 17,26%, moderada para el contexto español.
Para que se entienda la magnitud de ese precio: con el dinero de un piso de 90 metros cuadrados en el barrio de Salamanca de Madrid, en Ponferrada puedes comprar cuatro casas. Con jardín. Y te sobra para el coche.
Hay un par de sombras. La demografía es complicada: Ponferrada lleva décadas perdiendo población joven, que emigra hacia Madrid, Galicia o el extranjero. La ciudad tiene una edad media elevada y un tejido de jóvenes más escaso de lo que sería deseable. La conexión ferroviaria con Madrid es lenta —el tren tarda más de cuatro horas— y el aeropuerto más cercano está en León o en Santiago. No es para quien necesita estar en una capital cada semana.
Pero para quien puede trabajar en remoto, para familias que quieren calidad de vida a precio real, para jubilados que quieren dinero fresco al mes y un castillo templario al pasear: Ponferrada es una de las opciones más subestimadas del país. El Bierzo empieza aquí, y el Bierzo es una de las zonas de España con mayor potencial oculto: vino excelente, paisaje impresionante, gastronomía seria y una gente que tiene el carácter tranquilo y orgulloso del que sabe que vive en un sitio bueno aunque nadie se lo haya contado todavía.
El error de los rankings
España tiene cientos de ciudades medianas que funcionan, que ofrecen servicios completos, que tienen historia y carácter y gente que vive bien en ellas, y que simplemente no existen en el imaginario colectivo de dónde vivir. Hemos construido una jerarquía de deseos que empieza en Madrid y Barcelona y desciende por unas pocas capitales de provincia, dejando fuera a millones de personas que podrían —objetivamente, con datos en la mano— vivir mejor en lugares como los tres que he descrito.
Durango no está en la lista porque su nombre no suena a playa. Alcoy no está porque nadie que viva en Madrid o Barcelona la considera una opción antes de irse a Portugal. Ponferrada no está porque los peregrinos pasan por ahí y siguen caminando.
Pero los datos son tozudos. El metro cuadrado a 651 euros en Ponferrada es real. La industria vasca y los sueldos de Durango son reales. La calidad ambiental de Alcoy y su patrimonio festivo son reales. Lo que no es real es el relato de que hay cuatro o cinco ciudades en España donde merece la pena vivir y el resto es resignación.
A veces las mejores ciudades son las que descubres por accidente —bajando de un tren averiado, tomando un café que se convierte en tarde, entrando en un bar sin saber muy bien por qué—. Eso es lo que me pasó en Alcoy. Y no me arrepiento ni un poco de haberme bajado del tren.
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